miércoles, 2 de diciembre de 2009

SUEÑO DE LAVA*


"Und Gott sah das Licht, dass es gut war und Gott schied das Licht von der Finstersnin"
("Vio Dios que la luz era buena
y estableció separación entre la luz y la oscuridad")
-Del aria de Uriel, "La Creación", Joseph Haydn


I
SE asoma una lágrima al borde de los ojos claros, sólo un instante antes de empezar a correr por la mejilla. Y es en ese instante en que sucede todo: el principio.

Un relámpago cruzó el aire entre dos cuerpos, hubo un roce de labios y un ademán de fuego en la mirada. Después, un trueno enorme y el rumor del río de la sangre desbordándose en los torrentes que crecen sin parar hasta cubrirlo todo.

Pero antes, "pueblen las aguas inquietas seres vivientes y vuelen pájaros sobre la tierra, por el firmamento celeste" con recitativa voz dijo Gabriel que dijo Dios, cuando la lágrima aœn estaba junto al abismo del cuerpo y la luz suave del universo lo llenaba todo de rayos grises y azulados.
Desaparecieron las sobras de tinieblas. Retrocedió la agitación y le acompañaron la desesperación, la rabia y el temor.

Era el primer día.

Y un día se lo dice al día siguiente, y la noche que desapareció a la noche siguiente. Y lo repiten incansables Uriel, Gabriel y Rafael, con timbres de tenor, soprano y bajo.
La lágrima seguía al borde de los ojos cuando en magnánimo gesto hizo Dios a El y a Ella, desnudos, para que en ese día reinaran predestinados a encontrarse, con el aliento de la vida en el rostro, en medio de la soledad del mundo.

La mirada de Adán estaba en Eva. Palidecían las estrellas y bella era la animación del día adornado por el sol, alma y ojo del cielo. Le devolvió Ella la mirada cálida y "oh fuentes, cantad, murmurando dulcemente. Inclinad vuestras cimas, oh árboles. Plantas y flores, exhalad vuestros dulces aromas", fue saliendo de sus labios.

Un coro majestuoso elevándose al espacio infinito cantó entonces: "Una gran obra está concluida". Y en ese momento cayó una lágrima.


II
PERO a veces, la Naturaleza desafía al creador. La paz no es paz, la armonía deja de ser armonía y el fuego es fuego y la muerte, muerte.

Un nuevo paisaje habitó sobre la tierra: lava, volcanes y cenizas.


III
LOS caminos de lava están vacíos, el cielo se ha dado la vuelta como un paraguas al viento almidonado y el espacio bien lavado tiene un perfume vertical. Guantes estelares petrifican el vacío antropomorfo, las agujas de los relojes giran de año en año, y son años sin años, giran día a día, y son días sin días: suena el péndulo de huesos que toca el abecedario. Los taros están vacíos, ahora que los días escasean. Las habitaciones con paredes de carne humana, jaulas bien pegajosas y ajustadas, están vacías, y las sombras grises juegan al parchís con las sombras negras en el aire que se ha quedado huérfano. Y yo, no soy más que un hombre vacío con la boca abierta -¡que más se puede hacer que masticar un nudo tras otro!-, abierta como un nido vacío en la espuma blanca de la tripa majestuosa del Vacío, blanco que se transforma en muerte azucarada frente a la fuerza negra de la cobardía, fuerza negra como los ojos fieles de la fuerza. Cabeza abajo, piernas al aire, me precipito en el vacío de donde vengo. Mi voz de basalto -llena de entrañas- está mano a mano y pie a pie con la mirada de piedra -atormentada como la carne-, el suspiro de lava. Los pies de medianoche se han quedado inmóviles -quisiera quitarme lo más rápidamente posible la deuda de los zapatos- y las manos son ramos de sangre.

Los pobres sueños, que frotan sin descanso las ventanas del tiempo, aunque han perdido sus alas, hacia arriba, al centro de sí mismos, se marcharon con los ángeles transparentes; y yo siento cómo la tierra gira, llevada por fuerzas incandescentes: olas de fuego y agua rugen y se lanzan a lo largo de la tierra y el mar: enjambres de llamas rabiosas se precipitan sobre mi cuerpo olvidado, lo vivo -ese vals negro, raudamente recorrido, como un vuelo de ave- se junta con lo muerto y sobre el ataúd del corazón de bruma, viejo y cuarteado, desaparece la quimera de las rosas: los mojones volcados del paraíso yacen entre nubes de ceniza y así, el fin del aire y el fin del mundo son redondos como globos.

La boca oscura de la luz bosteza y enseña el vacío, las estrellas cantan a la desesperación y los espantapájaros, que llevan en el ojal volcanes y géiseres, los escaparates de las erupciones -fue el hombre quien reemplazó los despertadores por temblores de tierra- escupen lágrimas acunadas por el mar de las alas de la noche, que caen desde lo alto de la mesa mientras las largas lenguas de las flores dan conciertos de colores dormidos. Entonces, la luz se desliza bajo mis pies y un cielo con sonido de cristal despliega torbellinos -claridad divina-, fuentes que se abren en eclosiones simétricas sobre el mundo incoloro de la muerte, a través de la intensidad de un soplo. La vida perdidamente viva se retuerce, se alza aunque yo ya no tenga fuerzas. El cielo baja y me cubre (parece el de una marina decorada por tapiceros expresionistas que han colgado un chal de flores de escarcha en el cenit): dos soles vuelan en torno a mí, el sol de la noche y el sol del día.


IV
LA vasta tierra rueda hasta el borde de su pálida brasa bajo las cenizas. Color de cosas inmortales encendiéndose entre el verde esponja de los cactus siemprevivos que extraen del cielo el azul que luego mezclan con el sol.
Por su lechos van los ríos como gritos y los que se han acostado desnudos en la inmensidad un día se levantarán en masa sobre lo negro, se levantarán en masa y gritarán que este mundo está insano. Nuestros umbrales, dirán aquellos que ahora ven su alma en el reflejo de un puñal clavándose en la roca, nuestros umbrales acosados por un destino singular y, en los pasos precipitados de cada día, de ese lado del mundo, el más vasto, donde el poder se exilia cada tarde, ¡una viudez completa de laureles!

Entonces, en el verano, más largo que un Imperio, caminarán en silencio sobre la incandescencia tenue del espacio de viejos volcanes -inútiles caminos que un soplo desmantela hasta vosotros- y se arrodillarán en la humareda de los sueños, allí donde los pueblos se pierden en los polvos mortecinos de la tierra.

El color poderoso todo lo rodea, y la duda se eleva sobre la realidad de las cosas. Despertarán en la frontera de la eternidad: la violencia en el corazón del sabio. ¿Quién establecerá los límites de este tiempo de lava, hermosa risa de los muertos, más pura que en los sueños?


V
EL tiempo pasa, y, de pronto, veo como los sueños en su ascensión se encuentran con un mendigo que vende llaves para abrir la puerta que da a la incesante desnudez de la luz infinita, con ángeles sombríos que venden brújulas para encontrar el camino del cielo.

¿No podría la vida humana, por una sola vez, durante este breve minuto, tomarse vacaciones de la feria celeste?, suspira un ángel al ver pasar a mis sueños. Y si sucediera, me pregunto, ¿caerían por fin agujas relucientes en la luz podrida?

Pero en lo alto de los cielos no hay ni sueños ni desvelos, porque las tumbas son más claras que los días y la belleza de ancho pecho invisible y miembros relampagueantes se posa sobre el absurdo de la nada.

El día desaparece con un leve roce, como hojas muertas, y me transformo en polvo, me convierto en chispa de estrellas. Y una lluvia de piedras lo cubre todo. Las piedras lavan las salpicaduras de sangre. Y así, todo pronto será olvidado y todo será vuelto a comienzas, desde el principio.


VI
NO he cesado de bracear contra el viento que a ciegas me persigue. Jardín de utopía, espejismos de escombros de sueños. Las telarañas de mi alma se mecen con cansancio infinito.

Junto a las paredes blancas como un sueño construyo pasadizos de aire para unir el amor y la muerte que juegan al escondite entre los pliegues de mi rostro proteico.

El tiempo hiere y el miedo dibuja estallidos de lava iracunda. Los días se van cumpliendo inacabados y huecos, opacos y oscuros como el sonido de un cráneo. El abandono me enferma y me hace tiritar. Pero, ante esta escalera infernal que alienta la espiral de escalofríos sólo quiero lograr detenerme para no invocar la locura.

El sol se infiltra en mi alma atiborrada de sombra. Se celebran incendios irreversibles como crepúsculos. Un desencajado rictus deja caer el disfraz cuando la soledad quema y urge destrozar a patadas la pesada saciedad del yo.

El aire se estremece en quejidos. La noche de mi cuerpo va erizándose, siempre con un dejo de tristeza a la deriva. Sólo soy un sueño de pavor y zozobra, transparencia insomne, una rama de vértigo que acaricia el abismo, un espasmo entre luciérnagas en pos de la luz. ¿Soy un muerto que sueña o un fugitivo que muere?


VII
EL yo de la tormenta vive en la tierra de hombres que se arrastran. Sólo es una sombra inclinada que quiere reducir la bestia a sí mismo y ser el mismo, después de haber escapado a los sucios hados.
Para el Yo de la tormenta no habrá nunca un final en este sordo oleaje. El mundo se baña en su imaginación, ahora sonido o forma o luz. Espuma de líquenes y nube son uno y en todas partes los sofocantes monstruos del sol se disuelven. Se congregan los planetas, igual que el polvo gira a los cuatro vientos, como el crudo poema que sustituye a la mujer que amamos o amaríamos, una rapsodia que niega a la otra.
Siento el Yo de la tormenta latir los tonos graves del sagrado silencio desde el sacrificio antiguo en embrujados coros últimos, y en la sangre pulsar los pizzicatos de un hozana con sonidos sin mezcla, transportados, llenos, pura retórica de una lengua sin palabras. Una mañana malva dormito en el borde de los cráteres. Toda la tarde es ocaso: ¿es esa mancha en la ceniza vino o sangre de cualquiera, o quizás mía? Y crece del mar de lava sumando sus tonos harapientos, hembra oscura, la larga noche declinante, puerta y paisaje espiritual -aunque la belleza sea momentánea en la mente- hacia la nada -y el todo-, anuncio del inmoral abismo único. Este es el día final de un cierto año, más allá del cual no permanece ya nada del tiempo. No hay nada más escrito, pensado ni sentido.
Entonces, el Yo de la tormenta es el sacerdote de lo invisible, sin la evasión de una sola metáfora: un grito resonante como diez mil péndulos al viento.


VIII
DIGO: que todo está cerrado y triste. Me envuelve el amarillo. Estoy de rodillas; clavado en la tierra, con los ojos turbios, con los ojos vacíos y sin brillo. Estoy. Soy un espíritu agotado, el corazón sofocado por un redoble de agonía.

He de partir. He de partir como marino para navegar sobre las altas olas del holocausto de lava: océano endurecido en el aire.

Que yo pueda más arriba, más arriba. Busco desesperadamente el reino de afuera, en esta carrera descabellada, en este paraíso sin apóstol. Tanteo con el pie las grietas de la tierra arqueada desde el cielo hasta el infierno.

He aquí la frontera de lo finito. Los colores contenidos y conducidos por el viento rugidor. Hay que pasar. Con el corazón, más arriba, más arriba, fuera del rebaño, subir más alto. Me expando, el aire, sin límites. Extiendo los brazos: y al fin, toco los dos extremos del tiempo.

Y digo: soy un demonio. Danzo más arriba que la mirada sobre la cima, sobre el techo del Gran Vacío; rodeado, como si fuera un muro, por el Éter en forma de espiral, profundamente duro y puro.
¿Quién puede ser aquí espectador pasmado ante las apariencias? Hay que penetrar mirando mejor, desde más cerca, desde más cerca aœn, reteniendo bien el aliento, cerrando bien los ojos redondos, los ojos visibles, consintiendo en ver ciegamente.

La superficie está traspasada: el otro lado de la tierra. ¡El país negro de misterio!, obstinadamente en marcha hacia el œltimo lugar que conocer. No. No es la oscuridad. Es el camino del Alma.


IX
PARA matar el tiempo imaginé vivirlo mientras ocurría, a lo vivo; en el instante finísimo en que ocurría, en punta de aguja sintiendo el tiempo dentro, sintiéndome dentro del tiempo, en tiempo -firme con la incorrupción de la recta, imaginándolo bien dominado y exorcizado y por tanto accesible, huyendo en la muerte de la vida, pisando los charcos que elige quien deambula por tanta sed alagando cueva a cueva con la vehemencia pasional de la pleamar. Pero se necesita mucho cuidado para que no se acompase el pulso del reloj con el pulso de la sangre y su cobre tan nítido no confunda la pasada con la sangre que bate ya sin morder nada. Vivir el tiempo como brasa que llama a sí las llamas, brasa viva que arde en una exacta dosis de sí misma, una brasa íntima en el cuando largo en que rueda color abajo hasta la piedra. Brasa prisionera de la hoguera que ha de agotar todo el fuego metiéndolo del todo vivo, en el cuerpo, conteniendo la llama y su más-que-llama. Y después, luz. Luz globo, luz plomo en el aire compenetrado, curvo y consejero, en todo de paraguas. Pero ocurre que duele en la vida tanta luz, agujas de luz, ácidas para los ojos y la carne desnuda, fundidas en el metal azulado y duro del cielo, agujas de luz, afiladas en la piedra del mar, de brillo de pez, agujas de luz que lavan la arena de lo sucio y de lo vivo: revela lo real y eso impone filtros, gafas oscuras, lentes para distanciar, lentes para disminuir. Demasiada luz, y el hombre se siente desnudo en medio de la lava.

Hace falta el viento que meta metales en el puño, que golpee fuerte, siembre obtuso, ventarrón barriendo lo podrido a cero: la palabra urge la voz. La palabra con sus caballos que pasan corriendo en el basalto y suenan como tambores que quieren explotar el tiempo, romper la piedra muda y fresca. Entonces esas palabras se abren como flores de cactus, palabras como de tierra desertada, vaciada, más que seca, de donde todo huye, como el alma, palabras donde sólo piedra es lo que queda, piedras y hombres con raíces de piedra, palabras de piedra que ulceran la boca y en el idioma de piedra se hablan de dolor. Palabras que se pronuncian con la boca para pronunciar piedras y se escriben, se escriben en lo duro de la página dura de un muro de piedra. Palabras pronunciadas o escritas que se tiran, como se tiran las piedras. Palabras que se arman de filo, que se arman, ambiguamente, de dos filos.

Corre ya vacío el tiempo, a lo vivo; y además de vacío, transparente, lo que le lleva a habitar lo invisible, la ermita del cuerpo en el desierto de ceniza. Gotas de vacío, racimos de burbujas para procurar, al fin, el orden del silencio que inmóvil habla: silencio puro.


X
SE hace el silencio, un silencio de templo estupefacto, un sosiego de ensueño. Enmudece el corazón por un instante y la lengua de dolor se pega al paladar.

Creo ser ese desierto de lava, vastedad que engulle todos los ecos. Hay un rastro de pisadas por las dunas de cenizas crecidas en las fronteras del cuerpo. Calla el quedo lamento, el aullido largo o entrecortado de pesadilla de abandono sin límites.

Y, de repente, de horizonte a horizonte, en la noche de luna transparente, veo mi historia terminada, completa como un sueño, escrita en un antiguo libro cuyo nombre nadie ya recuerda, perfecta, entre dos bien ajustadas mitades de los hombres (la mitad en el mundo ama a la otra mitad, la mitad odia a los demás), páginas escritas en líneas apretadas, ininteligibles, tal vez, pero precisas de días que pasaron sin lograrse, a pesar de rebosar vida como jarras de malvasía.

Se hace el silencio. Cesa la borbolla ebria de palabras que fatigan los labios, y los dedos de la mano extendida hacia adelante, al centro oscuro, tiritan de miedo ante lo incierto, buscan la luz que brilla como ajorcas de oro en los brazos de una beduina.

Y la encuentran: la noche del día macizo, remachado, de horas pavorosas, tensas como una cuerda de mœsica, derrama la distancia, se azula y relumbra.

Amanece. La cima del mundo, el globo de la tierra, abiertos los cerrojos de sombra, forman con el aire y la luz un bloque único y los cielos en lo alto y los cráteres por debajo se pasman de ver su brillo, asombrándose de su propia belleza.


XI
ASUSTAME, Dios, si existes, necesito tu ira porque soy ardiente como el sol y tanto fuego como Él he creado. ¡Grítame que esto no puede ser!

Es que cuando vi este paisaje me di cuenta que hacía cien mil años que estaba mirando las cosas y ahora veía de repente. Sólo un minuto y pude poseer completamente el tiempo que cien mil antepasados miraban conmigo. Soy el mundo en esas grietas, todo lo que fue y todo lo que es.
Dios, si existes, ¡golpea mi mano con tu relámpago! ¡Grita que no puede ser! Huyo. Huyo de la muerte que me acecha por dentro y por fuera.

Apriétame esta mano que se levanta a lo alto en mis sueños, cuando el cielo nocturno, de bruces, con su camisa sucia descubre su pecho lleno de sarpullido y el viento es un perro errabundo cuya gran lengua colgante toca el agua y traga agua.

XII
BAJO este cielo, como el humo que vuela por el paisaje, condensándome plenamente, flota mi alma a ras de tierra. Flota, aunque no echa a volar.

Siento en mi pecho un lento repicar de campanas ondulando, como si el corazón estuviera detenido para siempre, como si todo a mi alrededor, no el tiempo pálido, estuviese latiendo.
Entonces, sufro, lloro, grito.

* Este texto lo escribí hace muchos años, creo recordar que en 1987, durante una días inolvidables que pasé en casa de César Manrique, en Lanzarote. Aunque hoy, probablemente, describiría mis sensaciones de otra manera, no he introducido ninguna modificación en el texto original.
David Nogal

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